Me han dicho que a veces los tapatíos somos berrinchudos y sentidos ¿Será cierto? Sigue leyendo.

 

¡Me largo de la casa! Tenía ocho años y si algo no me latía pues adiós, así amenazaba con irme de la casa para siempre del verbo subirme al árbol dos horas para que me extrañaran, hablaran a la policía, ofrecieran rescate y hacerles saber mi vitalidad. Hacía mi maleta con dulces y subía al árbol para hacerlos escarmentar… ¡No podrán vivir sin mí!

Mientras mi mamá se hacía la que no me veía, Lucas me delataba ladrándome. “¡Chuscales!” Le gritaba para que se fuera o le aventaba una papita y salía peor porque no se iba.

Llegada la hora notaba que no era indispensable y con una dosis de humildad regresaba para unirme con mis hermanos. ¿Quién acaba ganando y quién perdiendo en el período en el que se vive un berrinche? ¿Qué ganas realmente “castigando” al mundo con tu ausencia?

A veces tenemos de pronto ese freno de la felicidad, ese orgullo que nos detiene, ese “Oooo” que le gritamos al caballo de la libertad… esa cárcel en la que solitos nos metimos y estamos esperando a que alguien nos rescate cuando tenemos las llaves en nuestros jeans.

Así es el ciclo de los berrinches y el problema es que nadie más que tú o yo tiene el poder de salir de él. Pero lo malo es que sales perdiendo y un berrinchudo odia perder… créanme soy presidenta del club.

El problema de terminar con un berrinche es que deseábamos ser rescatados en vez de salir solos de la jaula y todo eso nos convierte en “perdedores”. Pero la realidad es que sí, pierdo orgullo, ego, grandeza… y pequeñita me bajo del árbol sabiendo que hay cosas mejores porque a veces cuando pierdes, ganas.

No había nada más placentero  que abrazar a mi mamá y rodearle con mis brazos sus pompis porque estaba de esa altura, verla voltearse, secarse las manos de los trastes y darme un abrazo del tamaño de mi orgullo desvanecido.

La vida no es para vivirla en el limbo de los berrinchudos… no importa si tuviste o no la culpa, te subiste al árbol y sólo tú puedes bajarte. Pierde, se siente padrísimo. Gana perdiendo, se siente aún mejor.

Pero ojo, tienes que entender que no es tarea de la vida recompensarte cuando decides bajarte. No va a haber fanfarrias y trompetas… no recibirás ningún trofeo. Pero si miras bien, te darás cuenta de lo que ganaste sin tener que tener una medalla de por medio… tal vez la otra persona no reaccione como tú quisieras en el período de reconciliación… Tal vez ella siga arriba del árbol y tengas que respetarlo…

 

Pero vive feliz de saber que tú bastas para reconocer tu esfuerzo y que vivir abajo del árbol es estar con la actitud dispuesta para amar más… porque no hay ningún tipo de dolor que sea más fuerte que negarnos a amar.

Por Lucia Orozco